El Hohner Verdi II perteneció al primogénito del señor Martinelli, hasta que perdió la vida en un fatal accidente de tránsito en Suiza (si la memoria no me falla) en pleno apogeo de su juventud, interrumpiéndose así y de manera abrupta, los proyectos empresariales y musicales que el padre tenía sobre su vástago.
“Graciela, quédate con el acordeón para que tu hijo aprenda a tocarlo”. Sentenció el gerente, convirtiendo a mi madre -ipso facto- en parte del grupo hereditario, y a mí, en un futuro aprendiz de músico.
Y así fue.
En las vacaciones de verano, mi mamá nos matriculó a mi hermana y a mí, en la Academia de Música de Manolo Ávalos: ella para aprender a tocar guitarra, yo, el acordeón. Tres mañanas de todas las semana de los tres meses de verano, nos embarcamos en el Bussing de la línea 2, en Barranco, pasando por el centro de Miraflores y la avenida Arequipa, hasta llegar a Risso, paradero en el que bajábamos para enfrentar nuestro destino musical. Por suerte (para mí) empezaron las clases del colegio y ahí quedaron mis esfuerzos (y el encargo recibido por mi madre de parte de su jefe) por convertirme en acordeonero.
Luego de esta fugaz aventura, el instrumento pasó a ocupar un lugar en el closet del dormitorio de mis padres, en la sección que le correspondía a mamá. Permaneció ahí cerca de diez años, hasta que papá perdió la vista por causa del glaucoma e ingresó a un centro de rehabilitación en el que, como parte de la terapia, tenia que aprender a tocar un instrumento musical. Ese año, su profesor de acordeón (también invidente) trabajó duro con su ocasional alumno, sin mucho éxito que digamos. Pero fue suficiente para que el Hohner Verdi II se vea reivindicado en su misión dentro de la familia Melgar. Solo que al poco tiempo partió papá, teniendo que retornar a su lugar, al fondo del closet.
Un sábado por la tarde -a pocas semanas del fallecimiento de mi padre- llegué a casa y escuché -con asombro y espanto- unas notas musicales provenientes del dormitorio de mamá. Subí la escalera con cautela mientras un sudor frío recorría mi frente: ¡está penando mi viejo!, pensé. El aliento me volvió al ver al profesor invidente enseñando a mi madre, quien, como parte de su duelo, había decidido aprender a tocar el instrumento que mi padre manipuló meses atrás. Impulso que le duró apenas un mes, volviéndolo a su lugar.
El año 2004 fallece mamá. Tuvieron que pasar 30 años para volver a encontrarnos cara a cara. Lo limpié con cuidado y respeto y me lo llevé a mi biblioteca, ahí donde están mis objetos más preciados, recuperando así un lugar de jerarquía.
Este verano del 2026 (como parte de la recuperación de mi crisis de ansiedad crónica) me dispuse a regalar o deshacerme de una serie de objetos que, por su significado simbólico, resultaban siendo una carga emocional, afectado mi salud mental. El acordeón Hohner Verdi II que una tarde de 1972, mamá trajo a casa como obsequio de su jefe de la empresa en donde trabajó casi toda su vida, se encontraba en la lista.
Me costó mucho tomar la decisión. Me costó más escoger al posible depositario de tan preciado bien.
Ayer se lo ofrecí a Hans Schiller, quien lo recibió con mucho agrado y cariño. Después de todo, fue el único integrante del grupo del barrio con quienes hicimos música en nuestros años juveniles, que hizo de ella su vida.Me siento tranquilo porque estoy seguro de que, en sus manos, el viejo Horner pasará los mejores (y quizá últimos) años de su vida. Pero, sobre todo, porque sus notas volverán a resonar libres, cálidas, brillosas, agradecidas. Y con esas armonías viajará parte de mí historia, hacia el infinito.
Gracias Hans por recibir y cobijar a mi viejo acordeón.
W.M.P.
Lima, 15 de mayo del 2026