Hoy simplemente la abrí.
Ahí estaban. Ocho pequeños y desarmables vaqueros de plástico que mamá y papá me regalaron por mi cumpleaños, allá por los años 1971 o 1972.
Nunca jugué con ellos. Sus diminutos tamaños, los detalles finos de sus formas o la exagerada fragilidad de cada una de las piezas, los exceptuaron de ser incluidos en la bolsa en donde guardaba las decenas de soldaditos que fui acumulando por aquellos años. Una suerte de privilegio los llevó a mantenerse en su estuche original de cartón hasta que -años después- pasaron a ser inquilinos de la pequeña caja amarilla.
No recuerdo muchos juguetes de época de niño, quizá porque les perdía el interés rápidamente. Pero si algo me llamaba la atención, eran los soldados que vendían por unidad y a muy bajo precio en el mercado de mi barrio. Cinco centímetros, todos fabricados del mismo plástico verde, igualitos o de muy pocos diseños, sin mayor atractivo que digamos. Pero así me gustaban.
Fueron la coartada perfecta para evadir los llamados a jugar el futbol, que todos los días (en vacaciones de verano) o cada fin de semana (en los meses de clases de colegio) hacían mis amigos de la pequeña urbanización en donde recientemente habíamos llegado a vivir con mi familia.
El jardín de la casa o el terreno que mamá tenía en Ancón (al que íbamos una vez al mes a hacer limpieza y cuidar que no lo invadieran) se convertían en frondosas selvas, terrenos montañosos o planicies desérticas; escenarios en los que disponía tanto las fuerzas beligerantes como las trincheras, fortificaciones, artillería y depósitos de pequeños proyectiles de barro. Teatro de operaciones de escaramuzas o de épicas contiendas, guiadas por el ingenio estratégico del comando y ejecutadas con valentía y sacrificio por las huestes.
Debieron ser 4 o 5 años el tiempo que las tropas acompañaron fielmente mi imaginación, mi aislamiento voluntario y mi inevitable tránsito a la pubertad.
Un día de verano me encontraba sentado en la vereda frente a mi casa, contemplando a los amigos jugar pelota, como siempre. Gustavo se encontraba a mi lado (ya que por ser el pequeño del grupo no lo escogían como parte de alguno de los equipos) conformando conmigo una suerte de hinchada que alentaba desde la tribuna.
Le pregunté si le gustaba jugar con soldaditos. Se fue corriendo inmediatamente y trajo de su casa una bolsa y aventó sobre la vereda un par de docenas. “Juguemos”, me dijo. Yo bajé los míos. Desplegué mis tropas con maestría y seguridad, consciente de mi superioridad numérica. Cuando estuvieron formados en el terreno y antes de iniciar la confrontación, me detuve, lo miré con afecto y de manera espontánea le dije “te los regalo”.
Aquellas vacaciones de verano las pasé casi sin salir de casa, recluido en mi dormitorio y sin la compañía de mis diminutos camaradas de aventuras bélicas. En su reemplazo empecé a curiosear la pequeña biblioteca que papá empezaba a equipar con algunas revistas militares y libros de batallas ocurridas a lo largo de la historia.
Ahora que me dispongo a colocar todo en su sitio nuevamente, me pregunto cuánto tuvo que ver mi afición infantil con la apetencia voraz por perpetrar asesinatos masivos de poblaciones civiles que experimenté cuando tuve a mi cargo las tropas en esas apartadas regiones.
Walter Melgar Paz / Lima, 9 de marzo del 2023