Llegado el momento, Lorenzo desistió de la transacción y no le recibió el dinero que habían acordado en la conversación telefónica que sostuvieron previamente.

Guárdamelo nomás. El día que lo necesite te paso la voz. Le dijo. Mientras Mauro se aseguraba de que el FAL quede completamente oculto en la falsa maletera de su carro que él mismo había acondicionado para transportar objetos que demandaban especial seguridad. Está bien, como quieras cholito. Entonces … la seguimos. Volvieron a ingresar al pequeño bar en donde se habían encontrado luego de varios años sin verse.

Se conocieron a inicios del año 1970, cuando trasladaron a su papá a la ciudad de Lima y lo tuvieron que matricular en el colegio para hijos de los suboficiales de la Fuerza Aérea del Perú. El profesor Jesús lo recibió afectuosamente como alumno nuevo y luego de presentarlo ante todos los del Segundo B de primaria, le indicó sentarse al lado de Mauro, propiciando así el inicio de una amistad que perduraría por siempre.

Los años en el colegio transcurrieron entre inocentes jugarretas en las aulas, ayudarse en las tareas, intercambios de loncheras a la hora del recreo, memorizar juntos la información de los cursos, renegar por lo jodidos que son los viejos, copiarse en los exámenes, impresionar al otro con historias de enamoradas imaginarias en el barrio, caminar juntos -al final de la jornada- rumbo al paradero para abordar los buses que los llevarían a sus respectivas casas.

Fuera del colegio, Lorenzo se dedicaba más bien a lo suyo: el fulbito, la bicicleta, escuchar rock, el parque, la calle, los patas del barrio, con los que fue aprendiendo las artes de consumir un buen troncho: apreciar la calidad del producto, distribuir la hierba disolviendo los moños delicadamente sobre el papel de biblia, llenar la boca de humo y expulsarlo suavemente hasta producir un humo blanco y denso, aplicarse el colirio a los ojos antes de volver a casa. Aventura de adolescente que pasó a mayores cuando le entró a la pasta y poco a poco, casi sin darse cuenta, se fue a la mierda.

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El Cuartel Los Cabitos se había convertido en un siniestro centro de operaciones desde donde los militares organizaban patrullajes diarios, detenciones ilegales, secuestros, torturas, violaciones y otras atrocidades contra niños, mujeres y hombres de Ayacucho. Quienes no morían en el padecimiento, eran ejecutados extrajudicialmente. Luego, todos ellos desaparecían, ya sea quemados en el horno que habían construido para tal fin, sepultados por los alrededores, o simplemente arrojados por los acantilados que colindaban con el aeropuerto de la ciudad.

Unos años antes, el gobierno había declarado en estado de emergencia algunas de las provincias de Ayacucho, Huancavelica y Apurímac, disponiendo la intervención de las Fuerzas Armadas en la lucha antisubversiva y estableciendo el comando general en el Cuartel Domingo Ayarza, más conocido como Los Cabitos. Los pobladores amanecieron -de pronto- invadidos por uniformados pertenecientes a compañías de guerra, inteligencia, comunicaciones, comandos de operaciones especiales, ingeniería militar, agrupamiento aerotransportado, quienes pasaron a controlar las ciudades, pueblos, caminos y valles.

Lorenzo culminó su formación en la Escuela de Suboficiales de la Fuerza Aérea del Perú y se graduó en la especialidad de Mantenimiento de Vehículos Motorizados y Equipos Contraincendios, o simplemente Bombero, como él mismo solía decir entre risas, al explicar que fue lo único que pudo obtener por haber ingresado entre los últimos lugares en el cuadro de mérito, luego de que su padre moviera sus influencias para que lo consideren -a última hora- en el examen de admisión, cansado ya de que su hijo no alcance una vacante en alguna de las escuelas de oficiales de las fuerzas armadas o policiales por donde había transitado infructuosamente los últimos cuatro años, luego de salir del colegio.

Junto con su diploma de graduado, Lorenzo recibió el memorándum de la Comandancia General comunicándole que debía partir inmediatamente como parte del destacamento encargado de los tres aviones asignados a la transportación de soldados de la Primera División Aerotransportada del Ejercito y de la Segunda División de Infantería, y en la que se le informaba -además- de su traslado al Cuartel Los Cabitos, como parte de la Unidad Operativa encargada del Aeropuerto Coronel FAP Alfredo Mendívil Duarte, en la ciudad de Huamanga, Ayacucho.

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Mauro se sorprendió con la llamada de Lorenzo pidiéndole unos minutos para hablar de negocios. Le había perdido la pista ya hace varios años, desde que salió de la Escuela de la FAP. Conversaron y quedaron en encontrarse al día siguiente por la tarde, en la chingana que solían frecuentar en la época de recién salidos del colegio.

Se habían tomado las dos primeras cervezas cuando Lorenzo le alcanzó el estuche, discretamente, por un costado de la mesa que ocupaban. Mejor de una vez, para no hacer roche brother. Salieron a guardarlo en el auto de Mauro, que se encontraba estacionado en el frontis del pequeño bar.

Regresaron pronto y luego de que Lorenzo desistiera de concretar la transacción y le pidiera a Mauro que le guarde el FAL que le habían asignado en la Base y con el que decidió desertar semanas atrás, exhausto ya del padecimiento en el que se había convertido su vida.

Cualquier noche entraba gritando “Arriba carajo… patrullaje en la pista”. Nos entregaba las botellas de aguardiente para meternos unos tragos y salir empilados. “¡Esta huevada le quita el miedo a cualquier maricón!… ¡Chupen carajo!”. Nos llevaba en el jeep abierto (cagándonos de frío y de miedo) a la pista de aeropuerto a esperar que amanezca. Yo rogaba que no pase nadie, que no se le ocurra atravesar a nadie esa madrugada. “Miren ahí, hay un par de serranos chuchesumadres cruzando por mi pista de aterrizaje. Ven tú huevón. Mételes un tiro. Fallas y te cagas, tres días al pozo”.  

La primera vez que me tocó, me temblaba la mano y los ojos se me nublaron, no se si del sudor o de las lágrimas. Mi Teniente, son mujeres. Le dije. “Dispara nomás huevón. Aquí todos los huanacos apestosos son terrucos”. Mi Teniente, déjeles pasar, debe ser su ruta para ir a su chacra. “Dispara conchetumadre”. Me apuntó a la cabeza con su pistola. Cargué el FAL, cerré los ojos y disparé sin parar. “Ahora por maricón te vas a limpiar tú solo”.

Tuve que ir caminando y arrastrar los cadáveres que quedaron tirados por la pista de aterrizaje esa mañana. Los arrastré y los tiré a la fosa que había al lado de la pista, la hoyada le decían. Esa noche fumé todos los pacos que pude encontrar en la base. Fumé y me tiré la ración de aguardiente de todo el mes, creo. Ya no recuerdo a cuántos me bajé todos estos años que estuve ahí. Cada vez que me tocaba a mí, en la noche volvía a mi cuarto y me tiraba todo el trago y toda la pasta que el Teniente nos habilitaba, para borrar de mi cabeza esa mierda. Pero no podía. Nunca pude. Me cagó la vida, brother… Por todo eso tiene que pagarla, brother.

Luego de unas horas y varias cervezas a cuestas, salieron del bar. Avanzaron unos pasos en silencio. Mauro abrió la puerta de su auto. Cuídate cholito. Ya brother, no te preocupes por mí, voy a estar bien. Lo vio alejarse en medio de la noche.

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El jueves último, mientras tomaba su café viendo la televisión, Mauro quedó turbado al escuchar la noticia.

“Desadaptado es abatido al intentar asesinar con un cuchillo de combate al coronel FAP Roberto Shaffer Tueros a la salida de la Sala Suprema de Guerra. La Policía Militar informó que se trata del Sub Oficial de Tercera FAP Lorenzo Magallanes Uribe, quien había sido declarado como desaparecido en acción, a fines de los años 80, cuando una columna de Sendero Luminoso atacó las instalaciones del aeropuerto de la ciudad de Huamanga.

Este intento de asesinato ocurrió en el frontis de las instalaciones del Fuero Militar Policial en donde el coronel Shaffer enfrentaba la investigación por el robo y venta sistemática de combustible destinado a los aviones de la Base Aérea Renan Elías Olivera, Grupo Aéreo 51, Pisco, sustracción que se realizó entre los años 2015 y 2018, aprovechando su condición de Jefe de dicha Unidad Operativa. La Sala Suprema de Guerra absolvió al imputado, a pesar de las abundantes pruebas materiales existentes en su contra y de la denuncia documentada de dos subalternos.”

Se dirigió lentamente al depósito de la casa. Movió unas cuantas cajas hasta encontrar el estuche. Empezó a deslizar la franela a lo largo del FAL que Lorenzo le encargó, aquella tarde que se encontraron por última vez, hace ya tantos años. Lo hizo con especial esmero y afecto, pensando seriamente en terminar con la tarea.

 

W.M.P.

25.04.2025